El paso de los años había dejado a Doña Engracia con la fealdad de la vejez, de esa fealdad de vejez perruna que manifiestan los desgraciados, marcado el rostro de las arrugas de la ignorancia,la frustración y las ilusiones que se sabe ya que nunca llegarán a cumplirse. Tenía ochenta y nueve años y el pelo de un color gris sucio, que llevaba desde hacía años recogido en un moño antiguo, como los rodetes que habían estado de moda hacía cincuenta años. Era huesuda, de prominente nariz, en cuya punta se asentaban unas gafas, de montura de pasta, cada vez que se ponía a tejer ganchillo frente a su ventana. Tejía innumerables tapetes con sus manos descarnadas, de pronunciadas venas, tapetes que adornaban los sillones, la mesa, la cómoda antigua y cualquier rincón de su hogar dónde fuera imaginable colocarlos. Tejía hábilmente, mientras sus ojos controlaban perfectamente la labor y todo lo que sucedía en la calle.
Doña Engracia sabía mucho más de sus vecinas de lo que éstas hubieran imaginado nunca. Como no tenía el don de la discreción precisamente, en el barrio todos la conocían por La Bruja, apodo surgido de muy antiguo, aunque ella de bruja no tenía realmente nada. Al contrario, era una de las beatas más adictas de la parroquia y de todos los eventos que se movían en torno a ella, devota de un montón de santos y vírgenes, sobre todo de Santa Águeda, San Francisco y la Virgen de los Remedios.
Había vivido los últimos cincuenta años de su vida en el mismo lugar, en la misma casa y en la misma ventana. La había llevado allí su primer marido. Era entonces una moza joven, suculenta y vital, de largos cabellos negros y un cuerpo espigado y curvo. Su niñez no había sido demasiado dulce,era la mayor de cinco hermanos ( perdidos a lo largo de la vida, cada uno disperso de los demás), siendo huérfana de padre a los diez años, la necesidad, el hambre, la soledad y el trabajo, acompañaron su adolescencia y juventud, hasta el día que conoció a su primer marido, que era lo que entonces se denominaba un buen partido. Nada de particular en realidad, aquella casa, unas tierras en el pueblo y un pequeño capital en el banco. Corría entonces el año mil novecientos treinta y dos, eran tiempos duros y difíciles y todo el mundo le dijo que había tenido mucha suerte. Así, pues, Doña Engracia se casó y en los cuatro años siguientes concibió tres hijos y ninguno se logró. Los abortos continuados le empezaron a agriar su recién adquirida dulzura, causándole el desconsuelo de la inutilidad.
Ella era una mujer a la antigua, de las que veía la rectitud de la familia y el orden con la mujer en casa, cuidando a sus hijos y a su marido. ¿ Qué sentido tendría toda su vida si no lograba tener satisfecho su anhelo de maternidad? Así había sido por generaciones, su madre, su abuela y, antes que ellas, sus madres y abuelas y así sucesivamente. No recordaba en su familia ninguna mujer estéril, hasta su hermana pequeña, Emilia, a la que Dios había hecho débil y medio tonta, tenía tres hermosos hijos. Su carácter comenzó a agriarse y su corazón a endurecerse, su marido se alejaba cada día un poco más de lo que ella iba convirtiendo en un hogar sin amor y en un lecho frío. Luego vino la guerra y su marido luchó con los de izquierdas, era un idealista, de los que creía en la igualdad de los hombres, en la capacidad de crear otro tipo de sociedad más avanzada. “ Hagas lo que hagas, siempre será igual, el rico seguirá siendo rico y el pobre seguirá siendo pobre, así ha sido antes y así seguirá siendo” le decía ella. Juan dejó de hablarle de sus ideas y Doña Engracia comenzó a ir a la iglesia, a rezar innumerables novenas a santos y a vírgenes, rogando le concediesen el don de la maternidad, ofreciéndoles limosnas y caridades. Tenía recuerdos muy claros de aquellos días de fe, que abandonó cuando se malogró su tercer hijo. Entonces decidió enfadarse con Dios por segunda vez. La primera vez que ella decidió enfadarse con Dios tenía dieciocho años y había entrado a servir en casa de Doña Lola, dónde no era considerada más que lo que considerarían a un perro callejero.
-Escúchame, Señor – le había dicho – estoy enfadada contigo, pues me tratas como a una basura ¿ Porqué no puedo yo ser como Doña Lola y su hija? Me pasó el día fregando y cosiendo, cocinando y planchando, para comer las sobras de su mesa y recibir ocho pesetas al mes de sueldo ¿ A ti te parece justo? Seguiré enfadada contigo hasta que no me des un destino mejor –
Y creyó, cuando conoció a su marido, que Dios la había escuchado y le traía ese destino al que justamente tenía derecho. Ahora había decidido enfadarse con él de nuevo, creía que con razón.
- Vuelvo a estar otra vez enfadada contigo, ya que concedes a perros y gatos y a la más vulgar de las mujeres, el derecho a ser madre y a mí me lo niegas. Tú verás lo que haces, pero no pienso volver a hablarte hasta que me lo hayas concedido -
Su marido murió en el frente, evitando su muerte tener que vivir la experiencia amarga de la derrota y llevándose la poca alegría que le quedaba a Doña Engracia. Así que Dios y ella siguieron enfadados. Con el poco dinero que Juan le había dejado abrió una mercería en el barrio, un local oscuro y pequeño, dónde vendía cintas, agujas, hilos, encajes, bragas, botones... Pero que le permitieron sobrevivir cuando las cosas se pusieron difíciles. Entonces apareció su segundo marido, Ernesto. Un día entró a comprar aguja e hilo para coser el botón de la chaqueta que llevaba puesta, pues, dijo, acababa de enviudar, sin hijos, y debía arreglarse solo. Ella se brindó a coserle el botón y Ernesto continuó yendo por la mercería.
-Creo que deberíamos de casarnos – le dijo un día – pues en el barrio empiezan a murmurar acerca de nosotros –Y aceptó.
Ernesto era un hombre más fino que Juan, se ganaba la vida dando clases de piano, si bien nunca ganaba demasiado, pero entre el alquiler del piso bajo de la casa, la mercería y lo poco que él ganaba, iban viviendo. Tenía Doña Engracia entonces treinta años y logró tener ese hijo que tanto anhelaba, por lo que decidió volver a hacer las paces con Dios. Tuvieron una niña, a la que impusieron el nombre de Ángela, ya que cuando nació ella la comparó con un ángel y, agradecida, decidió no volver a enfadarse con Dios.
-Tardas, pero al final todo lo concedes. ¿No te parece que debías de ser un poco más rápido? – le dijo, mientras miraba el crucifijo de madera que había encima de su cama.
Su matrimonio con Ernesto no fue ni bueno ni malo, ni feliz ni desgraciado. Eran dos seres perdidos y solos que necesitaban uno de otro para vivir, para no sentirse anónimos, sin nombre y sin destino. No existía entre ellos una gran pasión ( que, por otro lado, Doña Engracia creía sólo producto de las películas), pero existía el cariño de los que se sienten acompañados, lo mismo que se ama un perro o un gato. Ernesto no la molestaba demasiado, a lo sumo, una vez cada quince días y ella se entregaba como una obligación adquirida, para que él la gozase, porque era de las que creía que eso del sexo sólo lo gozaban los hombres y las mujeres se daban como una necesidad para ser madres y conservar la familia.
Doña Engracia conocía muy bien a toda la gente del barrio. A Petra, a quién su marido daba, desde hacía veinte años, una paliza cada sábado, cuando regresaba bebido y ella le insultaba, llamándole hijo de puta y borracho. Cuando alguien le decía a Petra, ahora que estaba de moda la defensa de las mujeres maltratadas, que lo denunciase, Petra se asustaba:
-¿ Denunciarle? No, por favor. Mi José es muy bueno, sólo que sale, bebe y luego le insulto, se enfada y me golpea. Pero el domingo ya está haciendo las paces conmigo y se acabó.-
Una vez la había visitado una asistente social para preguntarle por Petra y si la maltrataba su marido, si sabía ella si eso sucedía y le daba vueltas y más vueltas, para sacarle información.
-Miré, yo sé que todos los sábados le da una paliza, pero también sé que a Petra le parece bien. Usted no puede entenderlo, pero ella si, así que déjela en paz –Porque la gente se iba volviendo cada vez más rara. La sociedad ya no era la misma que ella conoció y a tal fin visitó al padre Jesús en la parroquia para preguntárselo.
-Pero vamos a ver, Don Jesús, ¿ Cómo puede ser que lo que antes era pecado ahora no lo sea? ¿ Y que pasa con las que practicamos lo de antes ¿tenemos los mismos derechos que las de ahora?-
-Hija, no entiendo ¿qué es eso que antes era pecado y ahora no es ?-
-Pues la gente no viene a misa y dicen que para ser creyente no hace falta venir ¿qué pasa con el tercer mandamiento? Y ahora no son pecado las relaciones fuera del matrimonio, ni usar anticonceptivos, divorciarse, abortar y cosas así. Sin embargo, el marido que le da una torta a su mujer, que bien sabe Dios que algunas se la tienen bien merecida, es pecado, un hecho denunciable y penal ¿dónde vamos a llegar, Don Jesús? –
El cura se rió mucho y desde entonces ella siempre se confesaba con Don Nicolás, que andaba cerca de los ochenta años, pero hablaba su mismo lenguaje. Esto había sucedido al menos quince años antes y las cosas, a su entender, habían empeorado aún más.
- Hija, el pecado es siempre pecado – le decía Don Nicolás – sólo que los hombres son libres de elegir. Todos daremos cuentas de nuestros actos. Antes teníamos más influencia, nada más –
Que era lo mismo que decir que ya no tenían poder sobre la gente. Ángela misma se había convertido en una muchacha totalmente distinta a como ella había sido. Salía libremente, cambiaba de novio cada poco, vestía faldas escandalosas y pantalones ajustados y ella había encontrado anticonceptivos en su bolso. La tuvieron muy gorda aquel día, pero Ángela, ya con veinte años, era respondona y de carácter muy fuerte.
-Mamá, vives en el pasado. Los tiempos cambian, a mi edad no hay chicas vírgenes-
Ernesto tampoco quiso escucharla, ni ayudarla a encauzar a Ángela por otro camino.
-Mujer, tiene razón la chica, los tiempos cambian ¿quieres para ella una vida como lo fue la nuestra? Éramos torpes, ignorantes y reprimidos. Déjala que viva, ella sabe como conducir su vida, es una muchacha inteligente-
Ella no estaba muy segura de que lo fuera. Ángela no había podido hacer nada positivo y no le dedicaba demasiado tiempo a ninguna cosa. Luego murió Ernesto, así, de repente, de una forma estúpida, de un fulminante ataque al corazón y, Ángela y ella, se quedaron solas. Fue cuando se desató la terrible diferencia que había entre ellas y las discusiones no tenían final. Ángela se terminó marchando y durante los últimos veinticinco años casi no sabía nada de ella, excepto alguna postal por navidad. Sabía que vivía en Francia, dónde había terminado por casarse y tener dos hijos, a los que ni siquiera conocía. Desde el día que Ángela se fue Doña Engracia vivía las vidas de los demás, pues la suya le resultaba demasiado dolorosa, una vida vacía e inútil, llena de infortunio y soledad. Pero carecía de la suficiente generosidad como para convertirse en un hada buena y fraternal. Hablaba con unos y con otros, contando las cosas que contaban y que veía a través de su ventana. Sabía que hijos eran desalmados y egoístas, que mujer era sucia, que hombre pegaba a su mujer, quien le era infiel a quien. Sabía en que casa faltaba el dinero a fin de mes, dónde y cuantas eran las deudas de cada uno, quién estaba embarazada, quien abortaba, quien estaba a régimen, quien había reñido con su suegra o cuando un matrimonio hacía aguas y le amenazaba la separación. Fue entonces cuando empezaron a apodarla La Bruja.Todos temían su lengua, estaba siempre en el lugar adecuado y a la hora adecuada para ver lo que no debía ver y para hablar con quien no tenía que hablar. Así, ella sabía que la mujer de Paco, el de la frutería, le engañaba con otro. Estuvo vigilando a Pura lo menos tres meses, la siguió en otras tantas ocasiones, hasta confirmar dónde se veía con un hombre de bigote, en un hotelito discreto de las afueras. Ella se lo insinuó levemente a Paco en varias ocasiones, hasta que éste decidió preguntarle a solas.
-Vamos a ver, Doña Engracia, que yo ando hace tiempo con la mosca tras la oreja y bien sabe usted a que me refiero. Y si he de serle franco, prefiero saber la verdad a que se rían a mis espaldas y yo sé que usted está enterada y de lo que usted y yo hablemos nadie va a saber nada-
-Pues mire usted, Don Paco, no es que yo sea una cotilla, es que casualmente un día iba ..-
Doña Engracia le contó al buen hombre todo lo que sabía y luego supo que el mismo marido había pillado in fraganti a su mujer. Ella se alegró, ya que Doña Pura siempre andaba presumiendo y dándoselas de señora fina, como si fuera mejor que las demás. Y, por otro lado, tampoco era joven, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, ni tan guapa como para que ninguno de los dos hombres se matase por ella. En el fondo, aún sin ella misma saberlo, la envidia la carcomía, pues por aquella época Doña Engracia era poco mayor que su vecina. Supo que el matrimonio había tenido una gran bronca y anduvieron unos meses a golpes y discusiones, pero al final el marido terminó por tragar y Doña Pura, que de pura no tenía nada a su entender, siguió viendo a su amante a escondidas y el marido a hacer como que no sabía nada. Don Paco apenas la miraba, escondiéndole la vista con vergüenza y Doña Pura ni la hablaba. Ella se vengó de sus desprecios contando a todo el mundo la historia de sus cuernos, dejando al pobre hombre en ridículo con sus vecinos.Doña Engracia conocía bien todos los secretos de la gente y aprovechaba cualquier ocasión para que escucharán sus observaciones, haciendo que la gente la temiese por su lengua voraz, la despreciasen por su ruin comportamiento, pero la escuchasen con interés morboso cuando contaba las suciedades de los otros.
Doña Engracia tenía la maldad de los ignorantes, de los solitarios, la pena de los vencidos. Rezaba oraciones que nunca eran escuchadas, en las que pedía conocer a sus nietos, poder volver a ver a su hija, pero no había vuelto a enfadarse con Dios, pues ahora le temía a la muerte, que ya veía cercana y tenía miedo de que, si se enfadaba con él, la enviase al infierno. Ella era para todos la chismosa, la metomentodo, desagradable y criticona. Y así había ido envejeciendo, tornándosele las sienes plateadas, las manos rugosas, solitaria, animada sólo por las críticas que mantenía con unos y con otros.Sólo había una persona en el mundo que amase a Doña Engracia y la encontrase generosa y buena. Era su asistenta ,Gloria, que la servía hacía diez años, desde que se rompiera una cadera, quedándose coja. A pesar de que mejoró, Gloria no volvió a irse de la casa.Gloria tenía ahora cincuenta años, viuda y con dos hijos. Vivía en un cuartucho húmedo y mal ventilado, en el pasaje de San Antonio, dónde malvivía con una mísera pensión, cuidando a uno de sus hijos, enfermo de sida, pues del otro no sabía nada hacía años. Se hicieron amigas, se cuidaban una a la otra y Doña Engracia siempre le pagaba más. Cuando se desocupó el piso de abajo, Doña Engracia la hizo trasladar allí sin cobrarle nada y nunca tenía una necesidad que supiera Doña Engracia y no acudiera a cubrirla. Cenaban juntas por navidad, acompañadas del cadáver ambulante del hijo enfermo, que se consumía poco a poco. La señora Engracia, recordando sus tiempos de sirvienta, evitaba que Gloria se sintiese como ella se había sentido. Rezaban el rosario al atardecer y, cuando Doña Engracia no pudo salir de casa y aún se la conocía por La Bruja, Gloria tenía el dolor de ver que se iba muriendo la única persona que la había querido en el mundo. Doña Engracia murió un día de abril. Acudió mucha gente a su funeral, gente que comentaba lo chismosa que era, las críticas ácidas que hacía, ya que casi nadie se había librado de su lengua. Sólo hubo una persona que la lloró sinceramente, que rogó por la salvación de su alma, que lamentó su pérdida, esa fue Gloria, la cual se llevo una enorme sorpresa cuando supo que Doña Engracia la había dejado usufructuaria del piso en el que vivía, amén de dejarle un pequeño legado y algunas de sus pertenencias.Pero nadie hizo caso de Gloria, nadie la consideraba en el barrio, aunque le tenían compasión. Todos se alejaban de ella, creyendo que podría contagiarle el sida de su hijo. Sólo Doña Engracia la había tratado y querido como a una persona, la había ayudado en las crisis de su hijo, sujetándole la cabeza cuando vomitaba y limpiándole las babas cuando se encontraba enfermo.Luego vino Ángela, hecha una furia porque su madre le había dejado parte de su herencia a Gloria. Vendió el piso de arriba y tiró a la basura todo lo que había sido de su madre, los recuerdos de cincuenta y nueve años de historia.Gloria recogió de la basura los tapetes de ganchillo, que tantas veces viera tejer a Doña Engracia al lado de la ventana. Aquella noche lloró sobre ellos, porque tenía la sensación de haber perdido a la madre que nunca tuvo.
Por eso jamás se debe juzgar a nadie, porque siempre guarda en su corazón algún tesoro escondido, algo que recuerda la beldad de los ángeles.
Benicássim, 13 de enero de 2003