martes 19 de mayo de 2009

Las cicatrices de los bosques I

Nota: Se recuerda a los lectores que todas las obras están registradas, por tanto no se pueden reproducir en ningún medio escrito, hablado o de cualquier índole sin citar el nombre de la autora. En caso de que fuera para una publicación se necesita el permiso expreso de la autora. Las obras registradas se encuentran sujetas a leyes que penalizan diversos delitos por mala utilización de la difusión de las obras. El plagio es uno de los delitos más penados. Gracias
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LAS CICATRICES DE LOS BOSQUES

Dedicado a mi buen compañero y también escritor Javier Mendez-Vigo, que el otro día me animó a seguir escribiendo poesía y a publicarla por este medio.

Es cierto,
podría hablar y no hablo,
podría respirar y no respiro.
Me ahogo en un ataúd
dónde se esconden los secretos del fuego,
el equilibrio del relámpago
y las aristas de las tormentas.
Un dolor áspero y seco
me invita a saltar por la ventana
y leo en la oscuridad el fluir del agua
y el llanto de las dunas.
Navego entonces por un bosque de abedules
con las entrañas carcomidas
queriendo descifrar el lugar dónde habitan los brazos,
encontrar las perdidas manos

para pintar un corazón en los árboles,
un corazón que perdure

cien años más que mi inexacta certeza.
Mis raíces de manglar escoden el dolor de los débiles,
el ausente de los milagros,
la vaciedad de las cortezas.
Es cierto,
podría permanecer sobre la hierba,
lejos de la sal que me seca la boca
pero mis vértebras anhelan
acariciar de los bosques las cicatrices.
II
Recorro con mi lengua azul
tu piel dormida.
El árbol de tu espalda besa mi pelo y acaricia mi labio
y el ojo lame lentamente tu inquietud y se embelesa.
Me voy humedeciendo en tu espesura
y penetro en tus venas,
absorbida por los ríos líquidos
dónde guardas tu memoria.
Reposo un instante en el relieve de tu cuello,
se desvanecen allí todos mis espectros
mientras oigo tu corazón en el latir de tus sienes.
Abres los ojos y me ofreces la savia de tu aliento
y continúa el curso de la vida.
III
Piel de paisaje,
que nunca toque el mundo tu belleza
y nadie me robe el esplendor de contemplarte,
ni se eclipse jamás la luz fluyente de tu azul pupila
y nadie ose siquiera desear tu carne.
A bordo del silencio te contengo
en las nocturnas horas del insomnio
y un amor ciego me hiere como espina
punzante entre mis dedos.
Cuerpo de diamanteque nadie se atreva nunca
a traspasar la puertade nuestros secretos.
IV
Me acompañan las cosas que dejaste al irte.
No te llevaste nada, nada excepto mi alma.
Yazco desde entonces en un yermo de silencio y espera,
unida al improbable mañana de tu regreso.
Te vivo cada noche a solas.
Sudo sangre sobre la almohada.
Mi cuerpo me parece una hoguera que se enfría al alba.
El amor es más que esto,
más que esto, más que esto,
más que este vagar entre las buhardillas
y oler tu ausencia en los armarios.
El amor es más que esto,
más que esto,más que esto,
más que ríos quemando las entrañas,
más que cristales clavándose en el pecho.
V
Fui una noche entera tu esqueleto y el mío
y yo contigo un esqueleto solo,
un espacio, un hueco
para dos océanos infinitos,
sólo un par de zapatos,
una taza de caféy un cigarrillo.
VI
A veces pienso si mereceré mejor destino en ti
cuando recibas el valor de estas palabras.
Versos escritos en el silencio infinito de un insomnio
torturador y cinco tazas de café fuerte y sin azúcar.
Borradores dónde a veces la pluma me vacila
y se desvanece la consciencia entre la fiebre
y la sed de una noche larga, larga.
Siempre es otoño en este poso de tristeza
que son mis palabras de pólvora y arena.
Chinescas sombras envejecen los cristales
y aullan los lobos en los colores de mi verso.
Nada ha podido nunca ser tan bello,
tan bello hasta el dolor,
tan bello y a la vez tan triste.
Me encojo en mis zapatos de tacón
recordando el perfil ébano de tu rostro.
Tintinean las estrellas sobre el azul
y es demasiado frío su silencio de acero.
Mis versos arañan las paredes,
se pierden entre las cicatrices de los bosques,
gritan entre las piedras y gimen en los valles.
Nada pudo ser nunca tan bello,
tan bello hasta el dolor,tan bello y a la vez tan triste.
VII
Tu exacta realidad me desmorona
cuando más inexacta es mi ira,
me doblega a la tierra,
me entrega a tu cuerpo pagano
mientras mi piel se va cambiando de ropaje
y la rabia se me torna etéreo,
esplendoroso femenino abierto
encendido con mil velas.
Prepárame para entender que nunca
dejarás secar la saliva de tu boca
en el fru fru de mis enaguas
y entregaré para siempre mi ira entre tus piernas.
Tu exacta realidad me desdibuja el desierto,
recorre de un paso las distancias
y el aire me conduce a tus secretos.
Es suficiente para toda una vida.
VIII
Písame el corazón
mientras ella te acoge en su regazo.
Blandamente me encojo en el silencio
de tu regreso y huelo el perfume
de su cuerpo en tu camisa.
Un zarpazo me desgarra el alma
y su olor me incendia el vientre
sabiendo que te pertenezco.
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Katerina García Calderón 24 de diciembre de 2004

jueves 5 de marzo de 2009

De los ángeles humanos y otros poemas (Poemario completo)

NO ME SEDUZCAS, HOMBRE
No me seduzcas, hombre
-Yo te dije -
Fría de soledad.
Fría y muy blanca.
Que mi inocencia virgen aún te espera
contra la sombra de tu alba.
No me tornes los brazos
arena machacada
pues soy como la lluvia,
dulzura y miel amarga.
(Tus ojos me sombrean
mi tierra encadenada)
Pero tú me seduces
hombre duro me tallas.
Por el álamo blanco
por la salina playa.
Y ahora apenas queda
Sentir de la muchacha.
Sedúceme, hombre
- Yo te dije -
En esta tierna noche
sobre la luna clara.
________
FELICIDAD
Felicidad:
Te alejas cuando más quiero apresarte
y sujetarte a mí como perfecta hora.
Te vas inapresable, con la aurora
te sueño para enamorarte.
Y si quisieras para mí donarte
como labio al beso dona y adora
la carne misma para suspirarte.
Pues si es de amor tendida tu existencia
en mí permanecieras como ser presente
sin doler jamás y sin herida alguna.
E hicieras del vivir como una ciencia,
la ciencia de lo único existente,
la tierra, el mar, el monte y la laguna.
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AMADO QUE EN MI NOCHE Y EN MI DÍA
Amado que en mi noche y en mi día
trenzas mi soledad a golpes con tu fuego.
Yo te pido, amado, yo te ruego,
trénzame el cuerpo con tu vida,
trénzame el alma aunque luego
me rompas nuevamente la salida
y haya de quedarme en ti partida
para siempre en tu profundo ego.
Marchaste con dolor hacia otra tierra
dejaste mi calor y abandonado
mi campo, mi corazón sellado
te pertenece y sufre en esta guerra
de ausencia, de perfil pasado,
de sueños que no fueron, dulce amado,
de anhelo y de pasión, de inocencia.
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MARINERO AMANTE
Desátame - ruego -
marinero amante.
Desata las cuerdas,
lucha en el desastre
de mi alma entera.
Soy sólo buscarte
por largos caminos
espejos y artes.
Y estoy prisionera
marinero amante
de un mar de locura,
de un mundo cambiante.
Hoy no brilla el sol
y estoy como antes
a oscuras y a solas
marinero amante.
Hoy tengo fantasmas
y crece el desastre.
Desátame - ruego -
marinero amante.
___________
EL CENIT

Que pudimos alcanzar el cenit
y nos quedamos sin él.
A oscuras en la noche
mientras
desconsoladamente
caían las estrellas
y se iban alejando
sin nosotros
rebotando a solas.
Tuvimos un instante
de gloria para abrazar
lo eterno
y se desvaneció.
Ahora lloráremos
en soledad lo no sido
y los silencios
en la búsqueda
de otra incierta
oportunidad.
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HOGUERA DE AMOR
¡Qué dulce hoguera me consume
Hasta cenizas todas!
Y en ese consumirme lentamente deshago
mis nudos y los quemo en la hoguera
esperando la aurora.
Porque el amor es beso que me alienta
y me desgasta sin medida
con mil pasiones a solas
voy ardiendo contigo en esa hoguera
beso a beso, vida a vida.
Y en cenizas me parece ir naciendo,
en nueva inocencia y a cada instante
que me quemo y quemo
voy del amor descubriendo
toda su ciencia.
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TAL VEZ NO SOY BELLA
Tal vez no soy bella,
ni dulce, ni tímida.
Ni tengo en mi pelo
soplos de la brisa.
Tal vez al mirarme
en el espejo mi fina
piel no me diga
como soy realmente
cuando otros me miran.
Observo los ojos,
la amplia sonrisa,
los muslos que abiertos
son ofrenda de vida
tornean las piernas
de firmes rodillas.
Tal vez la belleza
que ahí se perfila
no sea perfecta,
ni dulce, ni tímida
porque la que tengo
no está ahí, detenida
en ese cristal brillante
que me devuelve la vista.
¡Qué pena que esa belleza
no sea la que otros miran!
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DE NUESTRA JUVENTUD
De nuestra juventud lozana
apenas queda la historia.
Dos hojas que el viento barre
y al silencio abandonan
los años con sus nostalgias
y el olvido con sus formas.
Volver no podrá sobre sus pasos
la voluntad a asirla nuevamente
y el libro que escribimos nos contenga
en el universo vivo del recuerdo
y de la mente.
Y mil hojas en blanco todavía
nos hablan de promesas no ganadas.
La juventud es siempre la inocencia,
la lucha de la vida,
las metas no logradas.
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LOS VOLANTES DE MI FALDA
Iba al aire desplegando
los volantes de mi falda
cuando a mi lado pasaste
y las cuerdas de tu boca
hicieron nudo en mi enagua.
Se apagaron los faroles
y la luz va a otros solsticios
y quedó en el mismo sitio
tu mano sobre mi enagua.
Tú me llevaste hacia el bosque,
noche de pasión y grana,
desgranando los volantes
que ondeaban en mi falda.
Ya perdido el equilibrio
sobre el musgo y la hojarasca
encendiste con tu fuego
mi carne prieta y gitana.
Yo volví sobre mis pasos
arreglándome la enagua
mientras desplegaba al aire
los volantes de mi falda.
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TE HE VISTO PASAR
Te he visto pasar.
Un sólo instante basta
para detener el mundo.
Un sólo instante
para el tú y yo de los dos.
Y una historia se teje
por momentos impares.
Y nos hemos dicho todo
sin haber dicho nada todavía.
Mi cuerpo me duele
intensamente
y en mi boca está la huella
de mil besos no dados.
Un viento salino deja sed
en mi piel anhelante.
Has temblado también como yo.
Veo tus ojos cual miríadas
de luz destellantes.
Y has confesado al silencio
el amor imposible
el deseo guardado
la final esperanza.
Hoy te he visto pasar.
El alma calla.
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BLANCO LLEVABA EL VESTIDO
Blanco llevaba el vestido,
blanco el pañuelo.
Los ojos como el olivo,
olor de espliego.
De blanco fui como novia
al dulce tálamo
y en él de azahar y pureza
me fui entregando.
Me fue seduciendo entera
mi bienamado
por veredas desconocidas
y encajes blancos.
Y allá en las salinas playas
de arena y dunas,
dunas de amor inmóvil
e inmóvil luna,
fue dando con su estela
brillo con fuego
y mi amado fundió conmigo
su hermoso cuerpo.
Y al alba estábamos ambos
en un te quiero,
te quiero de blanca almohada
y amor de fuego.
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NUNCA VOLVERÁS, ME LO DICE EL DESTINO

Todas las estrellas, todas,
y los astros de luz parpadeantes,
y los universos fijos,
y el infinito inmortal,
y cada instante....
Estuve en el cristal de mi ventana,
estuve en inquietud (dicha colmada
de deseo y esperanza unidos).
Estuve con lluvia y sol.
Estuve llamándote.
Nunca volverás, me lo dice el destino,
lo vivido está ya muerto
y recuerdo entretejido con soledad a mi cuerpo.
Quedarás en mis páginas bordado
con la pasión y su fuego,
con vida y vida.
Tal vez sea pasado más te tengo
y tengo quemándote
conmigo en esa pira.

Benicássim, 22 de enero de 2003

lunes 2 de marzo de 2009

La Bruja (Narración)

El paso de los años había dejado a Doña Engracia con la fealdad de la vejez, de esa fealdad de vejez perruna que manifiestan los desgraciados, marcado el rostro de las arrugas de la ignorancia,la frustración y las ilusiones que se sabe ya que nunca llegarán a cumplirse. Tenía ochenta y nueve años y el pelo de un color gris sucio, que llevaba desde hacía años recogido en un moño antiguo, como los rodetes que habían estado de moda hacía cincuenta años. Era huesuda, de prominente nariz, en cuya punta se asentaban unas gafas, de montura de pasta, cada vez que se ponía a tejer ganchillo frente a su ventana. Tejía innumerables tapetes con sus manos descarnadas, de pronunciadas venas, tapetes que adornaban los sillones, la mesa, la cómoda antigua y cualquier rincón de su hogar dónde fuera imaginable colocarlos. Tejía hábilmente, mientras sus ojos controlaban perfectamente la labor y todo lo que sucedía en la calle.
Doña Engracia sabía mucho más de sus vecinas de lo que éstas hubieran imaginado nunca. Como no tenía el don de la discreción precisamente, en el barrio todos la conocían por La Bruja, apodo surgido de muy antiguo, aunque ella de bruja no tenía realmente nada. Al contrario, era una de las beatas más adictas de la parroquia y de todos los eventos que se movían en torno a ella, devota de un montón de santos y vírgenes, sobre todo de Santa Águeda, San Francisco y la Virgen de los Remedios.
Había vivido los últimos cincuenta años de su vida en el mismo lugar, en la misma casa y en la misma ventana. La había llevado allí su primer marido. Era entonces una moza joven, suculenta y vital, de largos cabellos negros y un cuerpo espigado y curvo. Su niñez no había sido demasiado dulce,era la mayor de cinco hermanos ( perdidos a lo largo de la vida, cada uno disperso de los demás), siendo huérfana de padre a los diez años, la necesidad, el hambre, la soledad y el trabajo, acompañaron su adolescencia y juventud, hasta el día que conoció a su primer marido, que era lo que entonces se denominaba un buen partido. Nada de particular en realidad, aquella casa, unas tierras en el pueblo y un pequeño capital en el banco. Corría entonces el año mil novecientos treinta y dos, eran tiempos duros y difíciles y todo el mundo le dijo que había tenido mucha suerte. Así, pues, Doña Engracia se casó y en los cuatro años siguientes concibió tres hijos y ninguno se logró. Los abortos continuados le empezaron a agriar su recién adquirida dulzura, causándole el desconsuelo de la inutilidad.
Ella era una mujer a la antigua, de las que veía la rectitud de la familia y el orden con la mujer en casa, cuidando a sus hijos y a su marido. ¿ Qué sentido tendría toda su vida si no lograba tener satisfecho su anhelo de maternidad? Así había sido por generaciones, su madre, su abuela y, antes que ellas, sus madres y abuelas y así sucesivamente. No recordaba en su familia ninguna mujer estéril, hasta su hermana pequeña, Emilia, a la que Dios había hecho débil y medio tonta, tenía tres hermosos hijos. Su carácter comenzó a agriarse y su corazón a endurecerse, su marido se alejaba cada día un poco más de lo que ella iba convirtiendo en un hogar sin amor y en un lecho frío. Luego vino la guerra y su marido luchó con los de izquierdas, era un idealista, de los que creía en la igualdad de los hombres, en la capacidad de crear otro tipo de sociedad más avanzada. “ Hagas lo que hagas, siempre será igual, el rico seguirá siendo rico y el pobre seguirá siendo pobre, así ha sido antes y así seguirá siendo” le decía ella. Juan dejó de hablarle de sus ideas y Doña Engracia comenzó a ir a la iglesia, a rezar innumerables novenas a santos y a vírgenes, rogando le concediesen el don de la maternidad, ofreciéndoles limosnas y caridades. Tenía recuerdos muy claros de aquellos días de fe, que abandonó cuando se malogró su tercer hijo. Entonces decidió enfadarse con Dios por segunda vez. La primera vez que ella decidió enfadarse con Dios tenía dieciocho años y había entrado a servir en casa de Doña Lola, dónde no era considerada más que lo que considerarían a un perro callejero.
-Escúchame, Señor – le había dicho – estoy enfadada contigo, pues me tratas como a una basura ¿ Porqué no puedo yo ser como Doña Lola y su hija? Me pasó el día fregando y cosiendo, cocinando y planchando, para comer las sobras de su mesa y recibir ocho pesetas al mes de sueldo ¿ A ti te parece justo? Seguiré enfadada contigo hasta que no me des un destino mejor –
Y creyó, cuando conoció a su marido, que Dios la había escuchado y le traía ese destino al que justamente tenía derecho. Ahora había decidido enfadarse con él de nuevo, creía que con razón.
- Vuelvo a estar otra vez enfadada contigo, ya que concedes a perros y gatos y a la más vulgar de las mujeres, el derecho a ser madre y a mí me lo niegas. Tú verás lo que haces, pero no pienso volver a hablarte hasta que me lo hayas concedido -
Su marido murió en el frente, evitando su muerte tener que vivir la experiencia amarga de la derrota y llevándose la poca alegría que le quedaba a Doña Engracia. Así que Dios y ella siguieron enfadados. Con el poco dinero que Juan le había dejado abrió una mercería en el barrio, un local oscuro y pequeño, dónde vendía cintas, agujas, hilos, encajes, bragas, botones... Pero que le permitieron sobrevivir cuando las cosas se pusieron difíciles. Entonces apareció su segundo marido, Ernesto. Un día entró a comprar aguja e hilo para coser el botón de la chaqueta que llevaba puesta, pues, dijo, acababa de enviudar, sin hijos, y debía arreglarse solo. Ella se brindó a coserle el botón y Ernesto continuó yendo por la mercería.
-Creo que deberíamos de casarnos – le dijo un día – pues en el barrio empiezan a murmurar acerca de nosotros –Y aceptó.
Ernesto era un hombre más fino que Juan, se ganaba la vida dando clases de piano, si bien nunca ganaba demasiado, pero entre el alquiler del piso bajo de la casa, la mercería y lo poco que él ganaba, iban viviendo. Tenía Doña Engracia entonces treinta años y logró tener ese hijo que tanto anhelaba, por lo que decidió volver a hacer las paces con Dios. Tuvieron una niña, a la que impusieron el nombre de Ángela, ya que cuando nació ella la comparó con un ángel y, agradecida, decidió no volver a enfadarse con Dios.
-Tardas, pero al final todo lo concedes. ¿No te parece que debías de ser un poco más rápido? – le dijo, mientras miraba el crucifijo de madera que había encima de su cama.
Su matrimonio con Ernesto no fue ni bueno ni malo, ni feliz ni desgraciado. Eran dos seres perdidos y solos que necesitaban uno de otro para vivir, para no sentirse anónimos, sin nombre y sin destino. No existía entre ellos una gran pasión ( que, por otro lado, Doña Engracia creía sólo producto de las películas), pero existía el cariño de los que se sienten acompañados, lo mismo que se ama un perro o un gato. Ernesto no la molestaba demasiado, a lo sumo, una vez cada quince días y ella se entregaba como una obligación adquirida, para que él la gozase, porque era de las que creía que eso del sexo sólo lo gozaban los hombres y las mujeres se daban como una necesidad para ser madres y conservar la familia.
Doña Engracia conocía muy bien a toda la gente del barrio. A Petra, a quién su marido daba, desde hacía veinte años, una paliza cada sábado, cuando regresaba bebido y ella le insultaba, llamándole hijo de puta y borracho. Cuando alguien le decía a Petra, ahora que estaba de moda la defensa de las mujeres maltratadas, que lo denunciase, Petra se asustaba:
-¿ Denunciarle? No, por favor. Mi José es muy bueno, sólo que sale, bebe y luego le insulto, se enfada y me golpea. Pero el domingo ya está haciendo las paces conmigo y se acabó.-
Una vez la había visitado una asistente social para preguntarle por Petra y si la maltrataba su marido, si sabía ella si eso sucedía y le daba vueltas y más vueltas, para sacarle información.
-Miré, yo sé que todos los sábados le da una paliza, pero también sé que a Petra le parece bien. Usted no puede entenderlo, pero ella si, así que déjela en paz –Porque la gente se iba volviendo cada vez más rara. La sociedad ya no era la misma que ella conoció y a tal fin visitó al padre Jesús en la parroquia para preguntárselo.
-Pero vamos a ver, Don Jesús, ¿ Cómo puede ser que lo que antes era pecado ahora no lo sea? ¿ Y que pasa con las que practicamos lo de antes ¿tenemos los mismos derechos que las de ahora?-
-Hija, no entiendo ¿qué es eso que antes era pecado y ahora no es ?-
-Pues la gente no viene a misa y dicen que para ser creyente no hace falta venir ¿qué pasa con el tercer mandamiento? Y ahora no son pecado las relaciones fuera del matrimonio, ni usar anticonceptivos, divorciarse, abortar y cosas así. Sin embargo, el marido que le da una torta a su mujer, que bien sabe Dios que algunas se la tienen bien merecida, es pecado, un hecho denunciable y penal ¿dónde vamos a llegar, Don Jesús? –
El cura se rió mucho y desde entonces ella siempre se confesaba con Don Nicolás, que andaba cerca de los ochenta años, pero hablaba su mismo lenguaje. Esto había sucedido al menos quince años antes y las cosas, a su entender, habían empeorado aún más.
- Hija, el pecado es siempre pecado – le decía Don Nicolás – sólo que los hombres son libres de elegir. Todos daremos cuentas de nuestros actos. Antes teníamos más influencia, nada más –
Que era lo mismo que decir que ya no tenían poder sobre la gente. Ángela misma se había convertido en una muchacha totalmente distinta a como ella había sido. Salía libremente, cambiaba de novio cada poco, vestía faldas escandalosas y pantalones ajustados y ella había encontrado anticonceptivos en su bolso. La tuvieron muy gorda aquel día, pero Ángela, ya con veinte años, era respondona y de carácter muy fuerte.
-Mamá, vives en el pasado. Los tiempos cambian, a mi edad no hay chicas vírgenes-
Ernesto tampoco quiso escucharla, ni ayudarla a encauzar a Ángela por otro camino.
-Mujer, tiene razón la chica, los tiempos cambian ¿quieres para ella una vida como lo fue la nuestra? Éramos torpes, ignorantes y reprimidos. Déjala que viva, ella sabe como conducir su vida, es una muchacha inteligente-
Ella no estaba muy segura de que lo fuera. Ángela no había podido hacer nada positivo y no le dedicaba demasiado tiempo a ninguna cosa. Luego murió Ernesto, así, de repente, de una forma estúpida, de un fulminante ataque al corazón y, Ángela y ella, se quedaron solas. Fue cuando se desató la terrible diferencia que había entre ellas y las discusiones no tenían final. Ángela se terminó marchando y durante los últimos veinticinco años casi no sabía nada de ella, excepto alguna postal por navidad. Sabía que vivía en Francia, dónde había terminado por casarse y tener dos hijos, a los que ni siquiera conocía. Desde el día que Ángela se fue Doña Engracia vivía las vidas de los demás, pues la suya le resultaba demasiado dolorosa, una vida vacía e inútil, llena de infortunio y soledad. Pero carecía de la suficiente generosidad como para convertirse en un hada buena y fraternal. Hablaba con unos y con otros, contando las cosas que contaban y que veía a través de su ventana. Sabía que hijos eran desalmados y egoístas, que mujer era sucia, que hombre pegaba a su mujer, quien le era infiel a quien. Sabía en que casa faltaba el dinero a fin de mes, dónde y cuantas eran las deudas de cada uno, quién estaba embarazada, quien abortaba, quien estaba a régimen, quien había reñido con su suegra o cuando un matrimonio hacía aguas y le amenazaba la separación. Fue entonces cuando empezaron a apodarla La Bruja.Todos temían su lengua, estaba siempre en el lugar adecuado y a la hora adecuada para ver lo que no debía ver y para hablar con quien no tenía que hablar. Así, ella sabía que la mujer de Paco, el de la frutería, le engañaba con otro. Estuvo vigilando a Pura lo menos tres meses, la siguió en otras tantas ocasiones, hasta confirmar dónde se veía con un hombre de bigote, en un hotelito discreto de las afueras. Ella se lo insinuó levemente a Paco en varias ocasiones, hasta que éste decidió preguntarle a solas.
-Vamos a ver, Doña Engracia, que yo ando hace tiempo con la mosca tras la oreja y bien sabe usted a que me refiero. Y si he de serle franco, prefiero saber la verdad a que se rían a mis espaldas y yo sé que usted está enterada y de lo que usted y yo hablemos nadie va a saber nada-
-Pues mire usted, Don Paco, no es que yo sea una cotilla, es que casualmente un día iba ..-
Doña Engracia le contó al buen hombre todo lo que sabía y luego supo que el mismo marido había pillado in fraganti a su mujer. Ella se alegró, ya que Doña Pura siempre andaba presumiendo y dándoselas de señora fina, como si fuera mejor que las demás. Y, por otro lado, tampoco era joven, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, ni tan guapa como para que ninguno de los dos hombres se matase por ella. En el fondo, aún sin ella misma saberlo, la envidia la carcomía, pues por aquella época Doña Engracia era poco mayor que su vecina. Supo que el matrimonio había tenido una gran bronca y anduvieron unos meses a golpes y discusiones, pero al final el marido terminó por tragar y Doña Pura, que de pura no tenía nada a su entender, siguió viendo a su amante a escondidas y el marido a hacer como que no sabía nada. Don Paco apenas la miraba, escondiéndole la vista con vergüenza y Doña Pura ni la hablaba. Ella se vengó de sus desprecios contando a todo el mundo la historia de sus cuernos, dejando al pobre hombre en ridículo con sus vecinos.Doña Engracia conocía bien todos los secretos de la gente y aprovechaba cualquier ocasión para que escucharán sus observaciones, haciendo que la gente la temiese por su lengua voraz, la despreciasen por su ruin comportamiento, pero la escuchasen con interés morboso cuando contaba las suciedades de los otros.
Doña Engracia tenía la maldad de los ignorantes, de los solitarios, la pena de los vencidos. Rezaba oraciones que nunca eran escuchadas, en las que pedía conocer a sus nietos, poder volver a ver a su hija, pero no había vuelto a enfadarse con Dios, pues ahora le temía a la muerte, que ya veía cercana y tenía miedo de que, si se enfadaba con él, la enviase al infierno. Ella era para todos la chismosa, la metomentodo, desagradable y criticona. Y así había ido envejeciendo, tornándosele las sienes plateadas, las manos rugosas, solitaria, animada sólo por las críticas que mantenía con unos y con otros.Sólo había una persona en el mundo que amase a Doña Engracia y la encontrase generosa y buena. Era su asistenta ,Gloria, que la servía hacía diez años, desde que se rompiera una cadera, quedándose coja. A pesar de que mejoró, Gloria no volvió a irse de la casa.Gloria tenía ahora cincuenta años, viuda y con dos hijos. Vivía en un cuartucho húmedo y mal ventilado, en el pasaje de San Antonio, dónde malvivía con una mísera pensión, cuidando a uno de sus hijos, enfermo de sida, pues del otro no sabía nada hacía años. Se hicieron amigas, se cuidaban una a la otra y Doña Engracia siempre le pagaba más. Cuando se desocupó el piso de abajo, Doña Engracia la hizo trasladar allí sin cobrarle nada y nunca tenía una necesidad que supiera Doña Engracia y no acudiera a cubrirla. Cenaban juntas por navidad, acompañadas del cadáver ambulante del hijo enfermo, que se consumía poco a poco. La señora Engracia, recordando sus tiempos de sirvienta, evitaba que Gloria se sintiese como ella se había sentido. Rezaban el rosario al atardecer y, cuando Doña Engracia no pudo salir de casa y aún se la conocía por La Bruja, Gloria tenía el dolor de ver que se iba muriendo la única persona que la había querido en el mundo. Doña Engracia murió un día de abril. Acudió mucha gente a su funeral, gente que comentaba lo chismosa que era, las críticas ácidas que hacía, ya que casi nadie se había librado de su lengua. Sólo hubo una persona que la lloró sinceramente, que rogó por la salvación de su alma, que lamentó su pérdida, esa fue Gloria, la cual se llevo una enorme sorpresa cuando supo que Doña Engracia la había dejado usufructuaria del piso en el que vivía, amén de dejarle un pequeño legado y algunas de sus pertenencias.Pero nadie hizo caso de Gloria, nadie la consideraba en el barrio, aunque le tenían compasión. Todos se alejaban de ella, creyendo que podría contagiarle el sida de su hijo. Sólo Doña Engracia la había tratado y querido como a una persona, la había ayudado en las crisis de su hijo, sujetándole la cabeza cuando vomitaba y limpiándole las babas cuando se encontraba enfermo.Luego vino Ángela, hecha una furia porque su madre le había dejado parte de su herencia a Gloria. Vendió el piso de arriba y tiró a la basura todo lo que había sido de su madre, los recuerdos de cincuenta y nueve años de historia.Gloria recogió de la basura los tapetes de ganchillo, que tantas veces viera tejer a Doña Engracia al lado de la ventana. Aquella noche lloró sobre ellos, porque tenía la sensación de haber perdido a la madre que nunca tuvo.
Por eso jamás se debe juzgar a nadie, porque siempre guarda en su corazón algún tesoro escondido, algo que recuerda la beldad de los ángeles.
Benicássim, 13 de enero de 2003

domingo 22 de febrero de 2009

La misma puta historia de siempre

La juventud es la edad de la ilusión, uno se mata por las ideas entre los veinte y los treinta, luego vienen los desengaños y más tarde casi nadie logra ilusionarte y si lo hace, acabas otra vez más escaldada que un gato en invierno bajo un chorro de agua fría.
Ahora caigo en la cuenta de que soy una fracasada, es la misma puta historia de siempre. Supero los cincuenta, siempre me ha gustado escribir y no he logrado publicar ni un libro. A nadie le interesa abrirle la puerta a una escritora desconocida, que no tiene relaciones con otros escritores ni se mueve en el mundillo literario, que es, después de todo, otro mundillo falso, dónde priman las relaciones y las recomendaciones y dónde no triunfan a veces los mejores.
Si no eres las respuesta, y la respuesta está relacionada siempre con dinero y con poder, tienes que estar vinculado a la respuesta (al dinero, la influencia y el poder) y no criticar la respuesta, sino ser su más fiel servidor. La misma puta historia de siempre.
Me lo dijo una vez una mujer que había logrado triunfar, una mujer con una historia vulgar, más cerca de los cuarenta que de los treinta, simpática y bastante inculta. Pero triunfadora. "Para triunfar hay que tener pocos escrúpulos y ser sorda, ciega y muda. A veces hay que ser una zorra sin sentimientos. Es el precio a pagar". Ella se dedica a la política.
La misma puta historia de siempre. Yo nunca estoy entre las zorras que se hacen ciegas, sordas y mudas, las elecciones de mi vida nunca han buscado un fin, han sido un medio para ratificar esta forma de ser mía, tan tolerante como recta, tan exigente como generosa. En suma, una idealista que siempre ha odiado la hipocresía y la prostitución de los valores. Y odio que me manipulen y que intenten dominarme. Pero siempre es la misma puta historia de siempre. Se repite sin cesar en una sociedad dónde todavía hay mujeres buenas y malas o dónde excepto mi madre y mi hermana el resto son todas putas. Lo dicen así las cifras exorbitantes de mujeres muertas a manos de sus maridos, ex maridos y parejas. Quizá ninguna de las que han sido muertas o están amenazadas se han enterado de eso de que la mayoría de las veces la única salida que le queda a una mujer es ser una zorra astuta y prever con tiempo lo que puede suceder y ponerle remedio antes de que sea tarde. Pero no, eran mujeres inocentes y probablemente incultas.
A los 25 años la mayoría de nosotras tenía el 90% de probabilidades de triunfar, siempre que hubiéramos dado los pasos adecuados, hubiéramos ido a los lugares y tratado con las personas adecuadas. Al menos en mi caso y en muchos otros que conozco, a los 25 era un bellezón, y en las mismas condiciones hubiera sido una Penélope Cruz. Y no es broma.
Pero el quiz es siempre dónde naciste, de dónde procedes, cual es el poder económico que poseees o en su defecto, la ayuda con la que cuentas y, sobre todo, dos cosas muy importantes, el tiempo histórico en el que has nacido y el sexo con el naces, que define toda tu vida.
Yo comprendo que nací en un tiempo absurdo. Entonces no decíamos palabrotas, ni siquiera un coño, y mucho menos las niñas como yo, que siendo hija de obrero me eduqué en un colegio de monjas y no en la escuela pública, lo que me hizo tener alguna aspiración más alta que las otras hijas de obreros de mi tiempo franquista todavía.
El lenguaje actual de los jóvenes reconozco que se me escapa mucho, que es un galimatías, corto, muy corto, pero un galimatías. Pero hay que entender a los jóvenes.
La misma puta historia de siempre. Cuando era como ellos me obligaban a entender a los mayores, toda la cultura y la sociedad estaba montada para eso, para obedecer a los adultos. Ahora que soy adulta, la sociedad y la cultura me desprecia y me obliga a entender a los jóvenes y a obedecer el culto a la juventud que tiene nuestro mundo moderno, dónde todo lo feo se esconde. Lo dice el mismo Zapatero "Hay que cuidar de nuestros mayores", pero en su partido el asalto de la juventud está dejando de lado a los mayores y pronto Solbes y De la Vega serán historia.
De puta madre, somos la generación sanwick, así nos llaman, empujados por los detrás y empujados por los de delante.
Perdía mi viriginidad en 1971, con 17 años, a manos de un seductor que me doblaba a la edad y que, lleno de remordimientos por mi juventud, se lo confesó a un amigo que tenía una hija de mi edad y que presuroso fue a contárselo a mis padres para que me apartaran del seductor y no me perdiera. Fue un caos la que se armó y me condenaron durante un año meses al ostracismo en un internado lejos de mi ciudad. Así eran las cosas entonces, ahora es la misma madre la que le da a la hija el preservativo o la lleva al ginecólogo para que le de un anticonceptivo y a veces tienen quince años. Dicen los expertos que hoy en día los adolescentes inician sus relaciones sexuales a los catorce años y nadie se rasga las vestiduras. No se decir si esto de hoy hace mejores personas que aquello que yo viví. Quizá muchos jóvenes exclamen lo mismo que yo "la misma puta historia de siempre" porque desconocen como fueron las vidas de sus abuelos y de sus antepasados y no aprecien el privilegio del presente. Lo que si es cierto es que hoy en nuestro entorno el concepto de pobreza ha cambiado. Me lo decía el otro día una chica rumana que hace faena en mi casa todas las semanas y que acaba de retornar de un viaje a Rumanía.
"Allí la crisis se lleva peor. Allí va unida a la cara más oscura de la miseria, no hay opciones ni ilusiones" Y es que ahora puedes ser más pobre que las ratas pero no lo pareces y eso de la apariencia es muy importante.
Ya ven, no hace falta más que ser una mujer bella, vestirse con un traje de esos horteras, rectos, que apenas marcan las caderas y el trasero, porque la verdad es que te has matado de hambre para ser un palo y no tenerlo, aunque, eso si, que se noten bien las puntiagudas tetas, que ahora tener las tetas altas y grandes viste mucho (¡con lo acomplejada que yo estaba en los setenta por mis tetas grandes!). Luego hay que arrimarse a buen árbol, a ser posible con mucha gomina en el pelo y que se apellide Muñoz o Correa, entre otros, y ya se sabe, a las bodas de los hijos de los presidentes o a pasearse por el Ro´cío en coche de caballos, que luego ya vendrán los ingresos por platós de televisión y todo lo demás.
Te lo juro, amiga mía, que si eres un poco zorrón y no tienes escrúpulos, tienes la mitad del camino andado para conseguir el éxito. Es la misma puta historia de siempre.

miércoles 11 de febrero de 2009

Pasiones perdidas (poemario completo)

SOBRE LA NOCHE SE CAYÓ UNA ESTRELLA
La flor más pura de mi sangre diera
Para sentirme tuya, amor
Y apasionarte.
Tenerte entre mis brazos vivo
Ser diosa de ti
Y consolarte.
Para envolverte entre las danzarinas
Palabras que al poema dono
Y a tu escalera añadir peldaños
De prisas por llegar
De hojas de otoño.
(Sobre la noche se cayó una estrella
Contra tu pecho amalgamada brilla)
Puedo decir te amé
Y amante fui
Encaje sensual
Me dibujaste toda.
Puedo decir que me escapé una noche
De tus sueños
Y nunca fui real
Para soñarme
Me tuviste a solas
(Sobre la noche se cayó otra estrella
Contra tu pecho amalgamada brilla)
Fuimos rodando juntos
Y sobre la orilla
De un océano viviente
Descubrimos
Oscuros laberintos
Cuadrados, redondos
Sin mantilla
Dónde cubrir la desnudez.
( Dejas tu cigarrillo y te arrodillas
Sobre mi regazo como niño quieto)
Al pasar mis dedos por tus sienes
Siento latir tu cuerpo
Golondrina
Mensajera fuese
Sobre tu ventana
De añoranzas llena
Golondrina
( Me has acariciado con tanta ternura
Como acaricia el sol la semilla)
SI HE DE SER DE TI
Tiembla sobre la noche mi perfil desgastado
Dónde todo se nubla, dónde todo oscurece
Los árboles del parque están desnudos
Nada permanece.
Hay un ritmo loco, apasionada
Desnudez total
Nada crece.
Sobre este tu cuerpo y el mío
Se yergue la sombra
La sombra se yergue
La sombra
Parajes deshabitados
Soledad, erial
Dedos sobre un piano
Poemas por escribir
Caricias aún por hacer
Trazos sobre las manos
Y si he de ser de ti, sea, caracola,
Rumor de viento, beso, sensualidad
Sobre la infinitud de esta ola.
DE LEJANA LEJANÍA
Los ojos con los que miras
Son dos gemas y dos velos
Miras con luz de diamante
Cierras tus puertas y anhelos.
Has mirado desde tu balcón lejano,
Desde tu balcón lejano
De lejana lejanía.
Nostalgia llevan los bueyes,
Su yugo, cansancio arriba,
Les lleva tierra con surco
Tierra con surco y arriba.
Los bueyes van muy cansados
Por la amplia lejanía.
Tú miras desde tu balcón lejano,
Desde tu balcón lejano
De lejana lejanía
Cierras tus puertas y anhelos
Ante la mirada mía.
DÓNDE MI CORAZÓN A SER MUJER ME LLAMA
Dónde mi corazón a ser mujer me llama
Mi cuerpo escuece,
Se expande,
Se disgrega,
Se convierte en célula madre,
Gime,
Pare,
Espera.
Ansiedad de amor su pozo hondo consume
Pezones de leche desbordados
Cavidad cálida del hombre
Fecundidad
Concentració
Placer
Dolor
Vientre
Cobijo
Vida
Dónde mi corazón a ser mujer me llama
Mi cuerpo escuece
Amante
Esposa
Madre
Herida.
TU CORAZÓN DE HOMBRE ME RECIBE
Tu cuerpo me ha donado
De la muerte la vida
Me ha dibujado entera.
Nada
Todo
Existe
Está
Sube
Baja
Suspira
Primavera y otoño
Mientras buscan mis manos
Llega
Viene
Entra
Se va
Sentida
Te digo
Ponme sobre los senos
Dónde erectos me duelen
Ponme de tu latido
Aliento
Cavidad
Penetración
Retiro
Mientras muero y revivo
Suspirando, derramada
Toda mi feminidad.
Y EL FRUTO DE LOS DOS YA CRECE
Ábreme la puerta, hijo
Pues llevo ansiedad de madre
Y sin nacer ya te existo
Ya te aliento
Y te dono de mi carne.
Te alimento a mis pezones
Y te cobijo del hambre.
Ábreme la puerta, hijo
Traigo vida que donarte.
Traigo unos ojos azules
Y de color azabache
Te traigo aquí tus cabellos
Igualitos a tu padre.
Anoche para tu nido
Me dejó toda su parte
Y yo le entregué la mía
Y ambos queremos darte
Una vida que vivir
Cuna dónde abrazarte
Y cuando nazcas
De amor
Encuentres a padre y madre.
ALFABETO DORMIDO, PALABRA Y MILAGRO
¡ Qué alfabeto dormido me compone
En la boca tan ardientes palabras!
Mis labios no pronuncian
Amor.
Te necesito.
Luchando
Bajo la lluvia y el crepúsculo
De invierno mi triste sensación
Te aleja y te aproxima.
Yo que sentí profundas tus ausencias
Y mis historias cambiantes al silencio
Le narraba.
Y te evadías de mí...
Y te evadías
Y yo sola en la noche
Calor te deseaba.
Abandonando el ritmo de la mente
A la vivencia brumosa de este alba
Te diría....
Rómpiose la moldura
Tan fría de mi estatua
Hambre tiene el sueño
Sed las pestañas
Abono pide tierra
Y tierra ardiente y clareada
Semejan los contornos
De toda mi estructura
Silenciosa y compacta.
Te busco sobre el silencio
Y mi alfabeto dormido me domina
Asalto y dolor de beso concebido
En el roce cercano y la amplia lejanía.
Dame el eco perdido de tu sentido origen
El apenas camino, la senda de la nada
Adoración sin nombre siente el alma y te pide
La música, la voz, el pensamiento, el agua....
EL BESO
Dejaron los labios
Su silencio muerto
Y el beso ya dado
Historia y recuerdo.
El beso que diste
Me arde en la boca
( Que fría parecePero es ardorosa)
Y ahora te has ido
Y aún en mi boca
Me quema tu beso.
Arde y enamora.
AMIGO DEL ALMA
Amigo del alma.
Tú, que me tuviste
En tus brazos y en tu piel
Y a tu calor me escribiste
Y en tu cama me acogiste
Cuando me dejaba él.
Y cuando yo regresaba
Con mi dolor a su lado
Con anhelo me esperabas
¿Porqué jamás te quejabas
De haberme en silencio amado?
Y hoy vuelvo a ti
Amante amigo
Y traigo el olor de él
Para que tú con tu abrigo
Me calmes, mi dulce amigo
Y me fundas con tu piel.
NEGRO VIENTO
Por debajo de la piel
Me ha nacido un viento negro.
Negro como el huracán
Que me atormenta los sueños.
Negro cual un cuervo, negro.
NegroViento que me duele
Las crisálidas han muerto
La nube vacía y sola
Llora de pena en el puerto
Dónde las barcas se mueven
Alimento cruel del viento.
La cruz alta de la iglesia
Llora contra el viento negro.
Negro como el huracán
Que me atormenta los sueños.
El ciprés del cementerio
Se dobla contra las tumbas
Por el viento negro, negro
Negro cual un cuervo, negro
Negro como el huracán
Que me atormenta los sueños.
POEMA PERDIDO
Fuiste
Bajando caminos
Rodando por playas
Veredas profundas
Colibrí sin alas.
Rosa sin raíces
Espinas y hojas.
Caminante siempre
Poeta de sombras.
Beso enamorado
Destello de luz.
Poema perdido.
Eso eras tú.

Benicássim, 18 de enero de 2003

martes 10 de febrero de 2009

El olor de las diosas

Durante mucho tiempo había intentado sentir culpa, arrepentirse por haber sido infiel e ingrata, por haber fallado a un compromiso, a una promesa, a una institución, a unos valores, a un conjunto de normas, a Juan, a su hija Laura...
A cualquier cosa, con tal de poder autocastigarse, inmolar en aras de la culpa lo que consideraba una especie de pecado. Pero sólo lograba sentir el dolor de haber perdido algo que deseaba retener y felicidad, muy breve, por aquel pasaje de su vida, que guardaba en el cofre del corazón, junto a los tesoros inolvidables de su historia.
Ahora tenía cerca de setenta años, se acercaba a ese momento crucial en el cual es necesario dejar ir los años de la juventud, de la fuerza, de la independencia y empezar a aprender la experiencia de la madurez, preparándose para el declive total del envejecimiento, que ya veía cercano, para el momento en el cual se empieza a vivir de las historias del pasado. No se había percatado hasta entonces de lo que significaba empezar a ser viejo, era hablar en pasado, vivir en pasado, como los que han completado una historia, cuyo futuro sólo se basa en poder contarla, o, como en su caso, en poder vivir de sus recuerdos.
Pero entonces tenía treinta años, los magníficos treinta años de una mujer que amaba la vida, que esperaba todavía ver los capullos de rosa de su jardín explotar de luz en primavera, que se sentía terriblemente erótica envuelta en encaje negro y con perfume francés, mientras recorría las calles de una ciudad viva y observaba a los hombres mirándola con penetrante deseo. Así preparaba aquel día su maleta, sin oír los discursos quejumbrosos de su marido, que nunca se terminaba de acostumbrar a que su mujer podía irse durante un mes a trabajar en un país lejano.
- Juan, hemos hablado mucho de esto, es mi profesión, soy periodista de investigación, estoy bien pagada y me siento satisfecha. No creo que deba de renunciar sólo porque a ti te parezca terrible tener que pasar un mes solo, cuidando de nuestra hija –
- Lo sé, querida, pero me gustaría más que aceptases un trabajo aquí –
Luisa calló, no estaba dispuesta a ceder en aquella constante discusión, en aquella queja, que ella consideraba injusta. Su innata rebeldía, procedente de su propio carácter, la había hecho luchar mucho en aquel medio difícil de la profesión, llena de competencia, haciéndose un lugar a costa de mucho esfuerzo y tesón. Había logrado encontrar el equilibrio perfecto entre la feminidad y la eficacia, entre la concesión y la negación, entre la insinuación y la intelectualidad. Juan era ingeniero, un ingeniero vulgar, como su propio carácter, dependiente demasiado de ella, hasta para elegir sus corbatas.
Fue a despedirla al aeropuerto, con Laurita diciéndole adiós. Las manitas y el cuello envueltos en bufanda y guantes de lana roja. El frío era intenso y, pese al sol, calaba hasta los huesos. Su querida niñita sonreía “ Adiós, mamá, vuelve pronto” fueron sus últimas palabras y a ella se le saltaron las lágrimas. ¡ La quería tanto! Sólo por ella era capaz de aguantar aquel tedioso y vacío momento del anochecer en el hogar, cuando se desprendía de la envoltura mundana y se enfrentaba a la tortilla de patata, o a la ensalada que se tomaban Juan y ella cada noche frente al televisor, a veces sin pronunciarse más que unas palabras carentes de significado. Su matrimonio estaba muerto desde el día en que decidió comprarse un pijama y ducharse antes de irse a dormir, para de este modo quitar de su cuerpo todo rastro de perfume, o quizá desde el día en que empezaron a molestarle los calcetines de Juan tirados en el baño y su cepillo de dientes en el mismo vaso de cerámica que el suyo.
Su destino era Buenos Aires aquel día, ciudad maravillosa, por cuya Avenida de Mayo descubrió su primera luz del amanecer con la temblorosa emoción de su fracción de libertad . En el Sheraton dejó su equipaje, hotel que encajaba bien con aquella visión de glamour con la que había logrado rodear una parte de su vida, la parte que nunca compartía con Juan, que había ido decayendo en la vulgaridad y la parquedad de los que han perdido un tren que nunca volverá a pasar por su estación, pero que, ignorantes de ello, permanecen indefinidamente en espera, conformes con el simple hecho de que no cambie su vida. Le temblaba el aliento frente a la Casa Rosada, muestra de la parte privilegiada de un Buenos Aires multicolor, que lograba apagar la tristeza de la parte oscura, disolverla a veces a los ojos del visitante, abriéndole los horizontes de una historia inconcluida, de un pasaje dónde el comienzo y el final estaban aún por escribir. En el Palacio de los Dos Congresos se cruzó el segundo día con un hombre moreno. Sus ojos se encontraron un momento, luego los desvió. Se volvieron a encontrar en el Café Tortoni, en la Avenida de Mayo y su anfitrión, el doctor Michavilla, se lo presentó como el director de uno de los diarios locales. Se sentaron en una mesa redonda de mármol, en la semioscuridad de las lámparas, junto a las grandes columnas y cristaleras, quizá en la misma mesa que un día se sentarán Lorca, Benavente u Ortega y Gasset. Se inclinó levemente sobre ella, mostrando sus ojos verdes, penetrantes y peligrosos.
-Huele usted muy bien. Huele al perfume que usan las diosas –
¡ Qué frase más tonta! ¿ Cómo olían las diosas? Parece difícil de entender que un perfume tenga tanta importancia en una vida, que su olor llegue a confundirse con uno mismo hasta perder parte de la identidad sin él. Se lo había regalado por vez primera Fran, su primer novio, cuando tenía dieciséis años. Fran – a quien debía gran parte de la construcción de su identidad presente – adoraba a las mujeres que olían bien, decía que eso daba clase; también le gustaba todo lo francés, lo consideraba exquisito y sofisticado. Desde entonces, aquel olor la acompañaba siempre, impregnado en su ropa, en su piel, en el matiz de todos sus recuerdos, en las horas de sensualidad y en las horas de mayor desagravio de su vida. Pero nadie le había dicho hasta entonces que olía como las diosas. Sus ojos fueron mensajes y mensajes durante toda la velada, haciendo resurgir en ella la sensación desconocida del deseo, del riesgo, de la sensualidad dormida, como si estuviese desnudándola, pasando sus labios a lo largo de su espalda, mientras se estremecía sin que hubiera llegado aún a rozarla siquiera. Y volvió a tener sentido, cruzándose vagamente por su cerebro, el encaje negro, insinuador, voluptuoso y erótico, mientras aquellas manos blancas y cuidadas iban pasando apenas su perfil por los contornos de su cadera, deslizando el encaje hasta sus pies, dejando su desnudez de mujer hambrienta al aire, sin pudor alguno, llena de un ardor que tenía olvidado hacía años. Por eso era lógico que terminarán yéndose juntos, a pasear por Recoleta, a cenar a la luz de las velas. Y allí, al norte, entre Río Plata y la Avenida de Santa Fe, cerca del parque verde más extenso que había visto nunca, la besó con labios de miel, largamente ansiados. Había estado viviendo toda su vida para llegar al momento de aquel beso, preparándose para recibirlo, sabiendo que había un antes y un después. Días felices, de entrega y pasión, regados por el tango del barrio de San Telmo, embargados por la música de El Viejo Almacén, o de Michelangelo, que aún rendía un culto casi religioso a Astor Piazzola.
El barrio de San Telmo de noche resultaba un tanto siniestro, pero con Ignacio a su lado le presentaba su rostro romántico y bohemio, como si hubiera echado a volar de un nido oscuro y descubriese por primera vez la inmensidad del mundo. Algo semejante a lo que sentía aquella primera vez que hacía el amor con Fran en una vacía y solitaria playa, mientras veía el cielo azul y un avión diminuto que, en lo más alto del cielo, iba dejando una estela blanca. Alargó su estancia quince días más, para pasar de la sensualidad a la aventura de la noche, al latido ininterrumpido del corazón de la calle Corrientes, con sus luces parpadeantes, vivas, como ardiendo en una permanente hoguera. En una de sus floristerías, una noche a las tres de la mañana, Ignacio le compró rosas rojas. Sus hojas secas se conservaban aún en su diario, dónde Juan nunca podría entrar, dónde ella le había cerrado hacía muchos años la puerta de su intimidad para siempre. El obelisco, falo gigantesco y simple a la vez, y la iglesia de San Nicolás, permanecerían siempre en su recuerdo, junto al latido del corazón de Ignacio, que le decía dulcemente:
-Quédate conmigo, no te vayas, no me obligues a vivir sin ti ahora que te he conocido. Si te vas, me pasaré la vida buscándote en cada mujer que pase por mi vida, que me recuerde tu olor de diosa, la calidez de tu cuerpo, la forma de tus pestañas –
-No puedo – le contestó, tras un largo silencio, sintiendo la rebeldía del corazón, deseoso de enfrentarse al destino, de romper todos los moldes de su vida, pero le llegó nítidamente la imagen de Laurita, diciéndole adiós con sus guantes rojos
“ Adiós, mamá, vuelve pronto” y sintió como su imagen se deshacía entre sus dedos, rompiéndose en mil pedazos, derramando sobre ella el líquido salado de sus lágrimas de niña, en mil diminutos fragmentos de cristal, como agujas punzantes. No había creído que doliera tanto tener que decir esas dos simples palabras “No puedo”, pero dolían. Aquella noche fueron al Teatro Colón. Observó que Ignacio despertaba una sutil admiración en las mujeres, curiosas cuando la miraban a ella, curiosidad acrecentada por el modo en que Ignacio tomaba su mano y la acariciaba. Aquella última noche pasearon por Puerto Madero y fueron a La Boca. Adiós a un Buenos Aires mágico, dónde dejaba parte de su cuerpo para siempre. En el enorme lecho del Sheraton cerró de nuevo su corazón a sus mudas súplicas, sabía que debían decirse adiós y quizá nunca volverían a verse.Su boca se selló. Nunca pudo explicarle a Ignacio que le había amado, nunca pudo decirle la huella de fuego que había dejado en su alma, ni con que sacrificio y dolor retornaba a la vulgaridad de su vida con Juan, a lo anodino de sus mensajes, a la frialdad de sus noches de amor, a la distancia de sus cuerpos y de sus almas. Partió de Buenos Aires llevándose el secreto de aquel amor en lo más recóndito de su corazón, dónde una mujer lleva los misterios de sus vivencias, cerrados para todo el mundo, abiertos sólo en sus noches de soledad y de recuerdos, para volver a revivir los momentos en los que alcanzó la plenitud. Nunca podría decirle que aquel pozo de pasión desmedida había vuelto a cerrarse tras de él, cuando le dejó en Buenos Aires, para no volver a abrirse nunca más en todos los años que siguieron, hasta el día presente. Le había entregado mucho más de lo que nunca le diera a Juan, que había permanecido en su vida, ocupado su lecho y compartido su hogar. A Juan, que con los años se había convertido en un hombre calvo y sin horizontes, dormido tras el periódico abierto y que sólo parecía experiementar un poco de vida cuando venía Laurita y les traía a su nieta.
Ignacio le escribió a su despacho. Largas cartas que nunca contestó.“ Ah!, diosa mía – decía – tu olor es insustituible, permanece pegado a mi cuerpo, si no fuese por su presencia, diría que habías sido un sueño. Te busco en cada mujer, no sé como hacerte volver u olvidarte para siempre”. Guardaba todas esas cartas en su secreta instancia, dónde nadie, jamás, había entrado. Y había vivido todos estos años junto a Juan como una estatua fría y lóbrega, con el alma en aquellas palabras, con los sentimientos envueltos en las hojas secas que se hallaban en las páginas de un diario interrumpido el día que partió de Buenos Aires. Hacía treinta años que habían vuelto a encontrarse, diez años después de su viaje a Buenos Aires, con motivo de la presentación del primer libro de Ignacio “Hojas de Otoño”, cuyo primer párrafo decía: “ Olía como huelen las diosas, volaba como los ángeles y besaba como las prostitutas”, mezcla del amor y el rencor, su libro envolvía el dolor y el deseo, la ausencia y la llamada, el desdén y el perdón.Se vieron en un acto público. Ella iba acompañada de Juan, que compartía con ella los trozos paganos y fríos de lo cotidiano, tan paganos y fríos como su matrimonio. Mientras hablaba con Juan de las diferencias culturales de no recordaba que cosa, la miraba con aire dolido y despiadado, como quien ha estado dándole a un sueño inmerecido parte de su esfuerzo y de su arte, resultando el final inútil y vacío. Luego se despidieron y el dolor permaneció constante, ese tipo de dolor imborrable, el dolor de lo que ya se sabe perdido para siempre e irrecuperable.

Benicássim, 13 de enero de 2003


miércoles 14 de enero de 2009

Lunas Claras (Poemario)

Lunas claras, plateadas
Es lo que más necesito.
Lunas que vengan, pobladas
De mensajes,
De poemas,
De cartas de amor
Y escritos.
Contra la luna una noche
Me cautivaste, amor,
Y ahora llora mi cintura
Llora, canto de poema
Y cuna
Dónde llora mi cintura
Se alberga tudesamor.
Allá en la fuente la hiedra
Crece de recuerdos
Crece...
Y los escritos al viento
Y los besos a la sombra
Y el llanto de mi cintura
Te recuerda
Y crece y crece...
UNA SOLAMENTE, SÓLO UNA
Nada resulta tan real en esta noche
Como mi cuerpo de mujer ardiente y viva.
Hambriento busca y busca
Y al no encontrar merece este silencio
Con el que lo recibes y lo olvidas.
Carne de verso y oblicua cavidad
De inconfesables y fieras sensaciones.
Cálido nido, vertical
Ascensión a mi posada primera
Dónde te pienso sin cesar
morir y despertar
al resto primitivo del minuto evaporado
como nube sin ti.
Sin ti, creador del reloj yo te suplico
Una migaja...Sólo una... Una nada más,Una, sólo una, una
Para mi boca
Una nada más...
EL PIANO A SOLAS
Pasaron las horas
En la tarde muerta
De invierno lloraba
El piano a solas.
Y el poema inerte
De armiño guardado,
Sentir de otro tiempo,
Recuerdos de un hado
Perdido en la niebla,
Reposa dormido, nota
Desgarrada,
Beso destruido,
Al piano clama
El beso que duerme
Y cierra sus puertas
Dejando la muerte
Y el piano a solas.
AMOR
Amor
De dónde viniste vengo
A dónde vas también voy.
Por ti la vida contengo
Por ti siento y me sostengo
Y si eres, también soy.
Y si tu luz se apagara
También me apagara yo.
Y si en la tumba el olvido
De tu existencia te aguarda
Mi nombre contigo fuese
Un olvido de los dos
ARTISTA
Me enamoré de ti
Por los colores
Por tus cuadros inmaculados
Por tu astronomía
Por mí creí en el eras
En el serías
Por tus pinceles
Por tus obras
Navegando por las mías.
Y sin embargo amando me desprecias
Por no ser poeta grande y a tu altura
El arte para mí en tu quemadura
Es lastre y desazón
Cual tú, doliente
En la mirada, amargura.
Me enamoré de ti cuando callabas
Y en el pincel decías tu poema
Parque primaveral que tú me dabas
Huella de tu desdén que yo quisiera.
Y si al olvido lanzas mis sonidos
A tus colores pueblan ya los muertos
Las obras que no hicimos
En ti perdiera todo por tenerte
Todo por ti perdiera
Hundiéndome al confín del corazón
Hasta la tierra.
EL TREN SE VA MUY LEJOS....
El tren se va muy lejos, esfumando
Se lleva por el aire mis amores.
Te vas en ese tren, mientras colores
De ti se me van desdibujando.
Sobre la noche se quedo colgando
el cúmulo final de tus sabores
los besos que me diste,
los mayores besos se iban como tú,
saboreando la etapa final,
la última agonía,
la última verdad,
el último tiempo,
la última mirada que se agita.
Y yo sabiendo que al partir perdía
Mi último poema,
presintiend
Como la muerte a mí se precipita.
A DELMIRA AGOSTINI ( Montevideo 1886 –1914)
Delmira:
Poeta, amiga, caricia sobre el cordón
Del poema encadenado con tu palabra y la mía.
Flor nocturna – dices tú –
(Cáliz de nácar, cierra,
Para reabrirlo al helado
Contacto de la tiniebla)
Y yo me reabro y abro,
Mi corola se abre y cierra,
Secreto que en ti encerrado
Me inspiras en sin pecado
Cuando yaces en la tierra
Y dejas aún sin decir
Mil poemas, los alados
Versos que me das a mí.
Los estrictos carámbanos
De agonía
Tuya y mía
Aún por decir.
Pues dichos son en la niebla
Dónde hayamos separadas
La mujer que fue poeta
La mujer que pierde y gana
La que todo perdonó
La que perdonar espera
La que ya ningún dolor
Herirle puede el poema
Y la que está con la pena
Pendiente en el corazón.
Juntas tuvimos el don
De lo que dicen poesía
Sin saber que es una sola
Tuya y mía
Y de cualquier poeta vivo
Aquí y allá, lejos, cerca,
Chispas de la misma lumbre
Lunas del mismo color.
EL AMOR ES UN CÚMULO DE COSAS
El amorEs un cúmulo de cosas.
Esta manera
De sentir que tiene
Contra la noche un ritmo de amaranto.
La sensación descalza de un femenino inquieto
Rodando sin medida hacia el distante espacio.
Apenas renacido el húmedo hueco del silencio
El amor revierte
Y se va a ti,
Portátil dulzura,
Secreta lozanía,
Hacia un más allá sin vuelo y sin espacio.
Llévose sin fin la luz todas las cosas
Y ebria y pálida de anhelo
Surgió la ansiedad del ahora mismo.
Más el amor
Es un cúmulo de cosas
Y
Naturalmente
Difíciles de alcanzar en un instante.
CANDIL Y VELA
Canción de amor, ritmo y beso.
Mantilla de encaje blanco.
Sobre el lecho de la noche
Me voy cual vela apagando.
Me voy de nuevo encendiendo
Vela sobre tu candil
Candil y vela bogando
Por un mismo lecho y manto
Vela sobre tu candil
Candil y vela
Vela y candil.
Un sueño contra tu pecho
Una pasión loca, loca
Un silencio casi eterno
Candil y vela
Ardiendo en leño
Nada
Busco el ritmo de tu boca
Vela sobre tu candil
Candil y vela
Vela y candil
COMO LOS AMANTES
Como los amantes en la hora deseada
Como llega el día al final del reloj
Como van simientes al vientre de tierra
Como las abejas liban en la flor.
Como las estrellas cambiantes son fijas
Y los pajarillos al rayo de sol
Buscan y se mecen a su áurea viviente
Así voy naciendo poesía y amor.
Carne en el camino rozada y herida
Carne de poeta en palabras sin voz
Carne solamente profeta y mendiga
Mensajes al viento
Herencias de lumbre
Ayeres presentes
Cuadros sin olvidos
Carne solamente.
Carne de poeta al final del reloj.
NOCTURNO HURACÁN Y FRÍO
El aguijón perdido de un insecto me duele,
Abeja que se lleva mi corazón en flor
Y dejo en la poesía mi barco ya sin velas
Luchando contra el viento (huracán frío y traidorque me agota la boca)
No fuera yo poeta si entre mi lucha innata
La fuerza del deseo se me tornase poca,
Corazón de león, alma contra las aguas,
Espigas, planta y cáñamo
Nocturno incipiente
Mente...mente...
Mente loca
Sobre montaña entera de deseo
Con doliente aguijón.
HARÉ UN SONETO, DIJE
Haré un soneto – dije- contra la luz temprana
Marfileño amanece contra el sol amarillo.
Un soneto, un verso ( ¿ son catorce?) brillo
Que me puliera mi condición humana.
Soneto me lleva, me funde y me hermana
Con todos los poetas en un verso sencillo,
Con palomas, aleluyas, oda de pastorcillo
Oda de una belleza que se me va lejana.
Ha huido la inocencia de mi compositor
Y temo en el soneto la risa más sombría
De todo aquel que cruel se llama mi lector.
Porque si yo quisiera el soneto armonioso
Y cual mala aprendiz, palabra fría,
Soneto escribo, soneto doloroso.
ESTAMOS VIVOS
Cualquier mañana es suficiente
Para abarcar un tesoro muerto
Un bagaje de recuerdos,
El aliento,
Los besos que recibiste
Todavía arden contra tu piel hermana
De la mía
Contra el impar sonido de la aurora.
Silencio añorado
Isla sola
Me duele el cuerpo
Y el alma toda.
Y estamos vivos
Tus dedos se recrean en mi piel dormida
Vuela la gaviota, las olas rotas
Del mar mecen tu espalda.
El leño del hogar yace en cenizas
Un suspiro me rompe el vientre tierno
Dónde tu cálida semilla permanece
Y me calienta
Estamos vivos aún
El amor pide a gritos la postrer respuesta
Para siempre....
Para siempre...
Mientras las arenas del mar tengan sustento
Mientras los rayos del sol tierra calienten
Mientras haya nidos de aves tempraneras
Mientras surga vida de la tierra y albergue
El universo una brizna de dicha
Para siempre...
Para siempre...
COFRE DE BESOS
Se me ha desabrochado
El cofre de los besos
Y se me han derramado
Sobre tus ojos todos.
Han rodado buscándote
Por tu pijama de seda
Y se han detenido
En tu audaz entretela.
Allí te han reclamado
Ardientes camafeos
Mientras muy dulcemente
Iba alisando el lecho.
Se me fueron del cofre
Y a raudales los besos
Todos se han enganchado
Al ritmo de tu pecho.
CARGA DE POETA
Muriendo va el poeta, pobre con su palabra.
Reparte su poesía con un viejo candor.
Escribe sus poemas en la noche y suspiros
De ansias contenidas lleva en su propia voz.
¡Que crueles los otros, los otros
Que no escuchan, no entienden, no perdonan,
No apoyan, no razonan,
No creen en el poeta ni aman su resplandor!
Poeta en la palabra, de la vida creador,
Del mundo el estandarte,
De la pasión lector,
De la ternura inmensa del alma calentando
Los planetas vacíos,
De los ojos del alma un fiel escribidor
De las penas de aquellos silenciosos olvidos,
Sufrientes peregrinos,
Anónimos humanos,
Lanchas de pescador.


Benicássim, 5 de enero de 2003